domingo, 24 de abril de 2016

La nueva geopolítica: ¿Están desorientados los orientales



Por Ángel Garrido                                                                        
Había de transcurrir la casi totalidad de los 20 millones de años que a la existencia de la naranja le atribuye la práctica agronómica para que la sabiduría popular dominicana estableciera que el frutero de la esquina, sabedor de que las
agrias no se pagan, le diera a probar las dulzonas a su cliente potencial.
Los estudios paleontológicos aceptados hasta hoy le atribuyen a la milenaria cultura china la mitad de la edad que a la naranja le atribuyen los especialistas del área que la estudian. Los hacedores occidentales de la geopolítica que al mundo rige habían de tardar menos que el frutero de la esquina en darnos a probar las dulzonas. Los chinos actuales tienen tras suyos 100 siglos de historia y no compran la tajadita de muestra que a probar les da el frutero sino que saben que serán suplidos de las agrias que están en el saco. Sin embargo, los chinos son tan viejos que paladean las muestras dulzonas como si el frutero sabihondo les fuera a vender de ellas.
Con un ojo puesto en el Asia nororiental de las dos Coreas y otro en el Estado Islámico, y el reojo en la península de Crimea, en el este ucraniano, en el desastre descomunal de las guerras de Oriente Medio y el no en menor medida desastroso apoyo brindado a los grupos anárquicos primaverábigos de Siria y del Magreb, así como a otros grupos anteriores a la preindicada otoñal primavera arábiga, EE UU acaba de ser anfitrión solícito de más de 50 países convocados a la cuarta Cumbre Mundial sobre Seguridad Nuclear. Por esa América Latina de nuestros amores y de nuestros dolores han asistido el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, el argentino Mauricio Macri, y la presidente de Chile Michelle Bachelet. La presidente brasileña Dilma Rousseff, asediada por los problemas internos de su país, se vio forzada a cancelar su viaje.
Apenas una semana antes del inicio de la cumbre, el presidente Obama había realizado a Cuba su histórica visita, con la cual dejó establecido que a pesar de los sucesos de Venezuela, de Bolivia y de Brasil, en el marco de su concepción política acerca del continente que lo contiene no cabe la repetición de los errores de Oriente Medio, del Magreb y de Siria que han ocasionado que una dirigente española gritara hoy a los cuatro vientos: “Debemos de tener muy presente que quien siembra guerras, cosecha refugiados”.
En lo que Armando Manzanero averigua de qué color son los cerezos, la ciudad de Washington vive la incontrovertible certeza de que son blancos en marzo para alcanzar en abril el rosado y el púrpura de la escala fría.

Los cerezos objetos de celebración anual en la orilla capitalina del Potomac fueron un regalo del gobierno nipón al estadounidense que tuvo lugar en el año 12 del pasado siglo XX.
La ceremonia de plantación fue presidida por la esposa del presidente de EE UU Helen Herron Taft y la vizcondesa Chinda, esposa del embajador japonés ante EE UU. Se eligió el cerezo venerado por el pueblo de Japón en atención a la esplendorosa paz que transmite; pero también en atención a la corta duración de su flor, discreta alusión nipona al carácter efímero de la vida humana.
Al término de la segunda guerra mundial Japón y Corea del Sur devendrían pronto en los principales aliados militares y económicos de EE UU en la zona que vista desde Occidente viene a ser el Lejano Oriente. Pero a mitad del pasado siglo XX no existía en ese oriente de relativa lejanía la China como segunda potencia industrial del mundo.
La comidita aparte que en la cumbre nuclear le sirviera el anfitrión y que fuera recogida en la foto de familia tripartita EE UU-Japón-Corea del Sur se corresponde más con un desfasado esquema de guerra fría bipolar que con la realidad real de 2016; pero no hay que incurrir en el fanatismo de negar que quedara bien tomada la foto del trío Barack Obama-Park Geun-hye-Abe Shinzo. En realidad, la presidente surcoreana Park aparece de espaldas al lente de la cámara, además de que representa la tercera economía de las tres que dentro de la cumbre la mini cumbre representaba; pero la mencionamos de segunda para que el borriquito no espante al caballito de ningún feminista a ultranza.
En la orilla opuesta del Atlántico la vieja Europa enfrenta vuelta loca y sin ideas los fantasmas atroces del terrorismo yihadista y de la ola migratoria cuyo drama inapelable descorazona el mundo. Vamos mal. Resulta a todas luces visible que hemos hecho mal los deberes.
El segundo arsenal nuclear capaz de pulverizar el mundo varias veces en cuestión de minutos no asistió a la cumbre de Washington. Si en un ejercicio de aritmética macabro asumiéramos que cuenta con el respaldo tácito de los 150 países ausentes, veríamos al descubierto total los molares de un Vladimir Putin más propenso a la sonrisa contenida que a la mandíbula batiente.
Hay analistas que por andar de locos viejos atribuyen la ausencia rusa de la IV Cumbre Nuclear a la falta de participación de su gobierno en la planificación del cónclave. Hay otros menos sombríos que buscan la ausencia rusa en el intento de Occidente de secuestrar el Organismo Internacional de Energía Atómica, OIEA para la concurrencia.


Aleccionado por el final incruento de la guerra fría bipolar EE UU-URSS, desde Pyongyang Kim Jong-un, sobre sus botines de charol decimonónicos, con la mano izquierda en el bolsillo y la diestra entre los dos primeros botones de su abrigo de guerra, con su cerquillo al rape de mara salvadoreño y con su crencha oriental a mitad de cráneo, suelta un vejigazo balístico de prueba cada vez que alguien lo jode.
Diítas antes de la preindicada cumbre de Washington, aterrizó sin mayor obstáculo su primera ojiva nuclear hipotética en el mismo lugar donde hace medio siglo Martin Luther King contó su sueño. Deviene evidente que este otro Kim ha cenado alimentos distintos y que se acuesta antes del sueño sobre el costado opuesto.


Así no debería de irnos; sin embargo, así nos va.


Alexandria, Virginia, EE UU
2 de abril de 2016.


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