viernes, 10 de julio de 2015

Artículo Invitado : Radiografía de las miserias humanas

Autor :  José Mármol 
Aquella metáfora hegeliana, un tanto morbosa, según la cual la filosofía, en tanto que actividad del pensamiento orientada a desentrañar la condición del espíritu humano, era comparable al búho de Minerva o de la sabiduría antigua, que habría de llegar a los acontecimientos siempre al romper el ocaso, cuando ya el acontecimiento mismo se diluía en su desaparición, ha llegado a su fin.
¡El búho de Minerva ha muerto! La filosofía ha abandonado su propia creencia de entronizado saber totalizante para, con la agudeza de la fragmentación y la especificidad y complicidad de los nuevos y pequeños saberes, transformase en una disciplina del conocimiento en cuya dinámica inciden múltiples discursos con distintos niveles de desarrollo y concretos objetos de reflexión.
Hemos visto fortalecerse la filosofía, desde el pasado siglo XX hasta hoy, en su interacción con una disciplina del conocimiento mucho más nueva, pero no por ello menos influyente, que es la sociología; en contubernio con la politología, como era de esperar.
La escuela de Frankfurt tuvo mucho que ver, con precedentes como los existencialismos ateo y cristiano; luego, la escuela neonietzscheana francesa, el neopragmatismo norteamericano, la escuela británica, entre otras.
Es de Nietzsche la afirmación según la cual se niega la existencia de “fenómenos morales”, siendo posible, apenas, la “interpretación moral” de “algunos” fenómenos.
Este aserto produce rupturas tectónicas en la tradición humanística occidental. Sin embargo, la moral, como la verdad, van a ser relevantes en filosofía en la medida que se las despoja de su velo metafísico y se las presenta como problemas; es decir, como proyectos cognitivos en permanente construcción y contraste.
En esta perspectiva estimo fértil la lectura del extenso, profundo y revelador diálogo entre dos titanes de la filosofía y la sociología contemporáneas. Se trata del polaco Zygmunt Bauman y del lituano Leonidas Donskis, quienes acaban de publicar “Ceguera moral.
La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida” (España, Paidós, 2015), una aguda mirada del individuo y la sociedad actuales, que deja al desnudo nuestras agobiantes miserias, marcadas por la precariedad, la incertidumbre, la insolidaridad, el consumismo delirante y la deificación del mercado, la apatía, el miedo e inseguridad, la identidad modular o funcional (dúctil y maleable), cuando no palimpséstica o copiada; la traición, deslealtad, el racismo, la intolerancia, el amor infiel y desechable, los falsos liderazgos políticos, la desesperanza, la desigualdad, el individualismo rampante, la proclividad al mal, el desarraigo, la paranoia virtual y la euforia digital, la supremacía de los poderes económicos globales sobren la fragilidad de los Estados-nación; divorcio entre poder y política, culto al olvido y la obsolescencia, adiaforización o inacción ante los acontecimientos éticamente estremecedores; democracias despóticas y crisis de la partidocracia… fenómenos que han existido, pero, que en la era moderna líquida o posmoderna, términos acuñados por Bauman, adquieren un cariz nunca antes imaginable, y por demás, corrosivo del futuro posible de la humanidad y, por si fuera poco, terreno de cultivo para una nueva barbarie.
“Mientras la actitud consumista lubrica las ruedas de la economía, lanza arena en los engranajes de la moralidad”, afirma Bauman. De la retranca de esos engranajes surgen la desigualdad y la injusticia.
Por ello, dice Donskis, Bauman inclina su simpatía hacia los “perdedores”, antes que hacia los “héroes” de la modernidad. Vivimos tiempos de fatalismo, ambivalencias y completa ausencia de alternativas ante el determinismo de la frustración y el descontento. El mundo que habíamos conocido entró en un acelerado proceso de licuefacción, de pérdida de reglas, de disgregación y fragmentación de los referentes sólidos. Ser feliz equivale, tristemente, a poder consumir.

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