miércoles, 5 de septiembre de 2012

ARTICULO INVITADO

Ángel Garrido: “sólo me preocupo por poner las tripas en lo que escribo”

By mediaIslaPublished: August 25, 2012Posted in: Entrevistas
Ángel Garrido: “sólo me preocupo por poner las tripas en lo que escribo”

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla] «Juan Bosch siempre me decía que nosotros teníamos impresores, pero no editores, y para la difusión literaria se requiere el concurso de esmerados editores. De todos modos, alguien ha dicho que en la actualidad no asistimos a una época de cambios, sino a un cambio de época».
Ángel Garrido es, como escribió el maestro Antonio Machado, “En el buen sentido de la palabra, bueno”. Escritor, diplomático, amigo y familista. Es el hombre que conecta mundos, hace que las amistades florezcan, posibilita que tengamos esperanzas. Pocos como él ven la vida con un sentido tan ético. Se quedó en la primera parte de la Ética a Nicómaco de Aristóteles: la amistad es el inicio y el deber, el fin es el hombre. Escribe poco y lentamente. Es un autor casi anónimo, pues antes que presentarse presenta al amigo. Dueño de un honor extraordinario; juega con las palabras como ninguno. Se monta en la tradición de Borges y Rulfo; habla, pero escribe poco. Más largo es el tiempo de la configuración que las palabras que llenan su única novela, que es siempre nueva, pues pocos la conocen. En un mundo donde el escritor debe cacarear sus criaturas a ver si en lontananza alguien le escucha, peca el amigo Ángel al dejar al socaire a Génesis si acaso uno de los textos más memorables de los últimos años. Converso con él porque es sabiduría, andanza vivida… y lecturas. Aguas pasadas no mueven la amistad y el sentido humano de este hombre.
Luego de publicada tu primera novela «Génesis si acaso», que obtuvo el premio Manuel de Jesús Galván, ¿qué has hecho en la narrativa?
—Hace años que le he respondido a León David esa misma pregunta. Más de un lustro después, no he podido variar un ápice mi respuesta: esperar a que otra novela me reescriba nueva vez. Jamás cometeré el error de escribirla yo a ella. Si lo hiciera, parecería que ando guiado por el afán de inflar un anaquel, que además de todos los ademases, sería también un despropósito cronológico en una época en que la cibernética mete los libros de Isaac Asimov, que fueron trescientitantos, en un minúsculo adminículo electrónico que cabe con holgura en el bolsillito de las monedas en la pretina del pantalón que usábamos hasta los años setenta del siglo pasado. En ese almacenador portátil de bolsillito, cabrían con igual holgura los 300 tomos escritos por Asimov y los dos escritos por Juan Rulfo. Me quedo de buen grado, como todo el que me conoce lo sabe, con los dos tomos escritos por Rulfo.
Lo más importante es amar al lector. La narrativa con fines poéticos es un acto de amor. El escritor que no se compadece del lector no es buen padre, ni fue buen hijo. Un poeta de la ensayística tan trabajador y tan delicado como el maestro Eduardo Galeano, a quien nadie puede acusar de infidelidad al lector, cuando se confesó bígamo y debido a una jurisdicción privilegiada que él rechaza de manera visceral pero que sus congéneres le imponen sin remisión, fue juzgado por los jueces del TSH, por los jueces del Tribunal Supremo de la Humanidad con sede en Ushuaia, expuso ante la audiencia las razones que lo indujeron a cometer el delito: “Mi mujer es un harén”, confesó. De igual manera, a la mujer o al hombre de letras sólo se le permite la poliandria o la poliginia si su primer lector es un harén; es decir, un solo lector es igual al lectorado mundial. Lo aprendió Galeano temprano en su carrera, y lo aprendió de labios de un percusionista de Santiago de Cuba: “¿Cómo es que tocas tan bien el tambor?”, quiso saber el eximio escritor uruguayo: “Yo sólo toco cuando me pica la mano”,le confesó el músico cubano a Galeano.
Hasta en la música se podría perdonar a quien ejerza su arte sin que le haya picado la mano. En cualquiera rama de las artes se podría pasar por alto el desacato, menos en la literatura.
Todo novelista expresa una poética del género novela, ¿cuál es la tuya?

—Tu condición de crítico literario, de autor y de catedrático de literatura a la vez, te acerca al contenido y a la estética del texto. ¿Quién anda ahí? Doy por natural que tú quieras saberlo; y también que yo, cojones, no lo sepa. Si yo supiera tanto sería un teórico de la literatura. Las mato callando, y me disculpo por el gerundio. Las disimulo por temor a errar. Porque sé que acertar errando es suerte, y no talento. No me gusta que me hagan reír descodificándome en público los motivos. Le temo a la risa porque tengo el labio partido de tanto pensar en lo que deseo escribir. Ahora bien, si yo te dejara con tan grande enigma sin el menor intento por descodificarme a mí mismo, sé bien que me saldrás más adelante con otra pregunta tangencial a ésta. Vamos a ver: supongamos que haya una poética de lo lúdico y de lo inverosímil que resulta la vida en un pueblo dominicano cerrado a cal y canto al mundo que lo circunda. En un pueblo sin carretera, sin aeropuerto y con un puerto que está ahí, menos profundo que nunca lo dejó el Big-bang, porque el Big-bang no sabía que el río Yabón acabaría por abandonar su cauce natural por cuenta de un atasco lecho abajo de troncos y ramas sin cuento. Al cerrarse el cauce natural del río sabanalamarino, sus aguas desmadradas encontraron un nuevo cauce que desembocaba muy cerca del puerto. Con la ayuda de Dios y de la santa Elupina, el río está de vuelta a su lecho original, pero ya el puerto está dañado y nadie lo draga.
Sabana de la Mar, entonces, se parecía en algo al Cinecittà de los tiempos de Federico Fellini. Era un estudio cinematográfico de uno punto uno kilómetros cuadrados de superficie. Ciudadano a la vista, actor desprevenido al que era menester echarle una vaina que diera risa. Bienvenido Pimentel, dueño de una risa espléndida que tenía la resonancia hueca y expansiva de un saco de aguacates verdes en el Reguero de Lico, pero que dejado por las circunstancias reír a sus anchas podía alcanzar todas las gradaciones del pentagrama como si en lugar de la viva hilaridad de un hombre con un profundo sentido del humor se hubiera tratado de una sinfonía de Tchaikovsky, había sido ya calificado por el refugiado vasco de la guerra civil española Dr. Martínez Ubago como El poeta de la risa. Si aquella alegre risa de carnaval, si aquella broma inacabable de un pueblo olvidado de todos los gobiernos, si aquella sorna caribe con que burlábamos el tedio de la canícula yodada, si todo aquello hubiera merecido una poética alcanzable en la novela, es muy posible que la hubiera alcanzado en el texto de Génesis si acaso. No sucedió porque el autor no logra en ella remontar el albur de la poesía. Qué pena a mí me da. Y no busco desprestigiar la novela, pero lo cierto es que no alcanza a la realidad que en prenda le ha tocado.
En «Génesis si acaso» hay dos aspectos que me llaman la atención: el juego con el lenguaje y la creación de un mundo macondiano, ¿de qué manera García Márquez pendula en tu creación?
—En lo que al juego del lenguaje respecta, no es mucho lo que pueda yo decir, salvo remitirte de nuevo a Sabana de la Mar, a la Santo Domingo de mis años estudiantiles, y al mismo Puerto Rico que habitas. Hubo en mí desde el día de mi llegada mucha empatía con el lenguaje y la imaginación puertorriqueños. Me devolvían a mi pueblo natal aquellas metáforas llenas de grises y de matices de la cotidianeidad puertorriqueña. Como le resbala el agua al pato en la laguna, así le resbala al puertorriqueño lo que poco le importa. Tienes en Puerto Rico delante a un interlocutor locuaz y pizpireta que a la menor necedad teme con típico gracejo al indulto de la desmemoria: “Antes que se me olvide: vete al carajo”. Cuánta gracia, cuánto donaire en el hablante promedio de esa dulce isla. Qué país para hacer pasteles. Está la ocurrencia josca. Está la gracia botá, está el gracejo ñango, está el donaire que hace orilla de tanta gracia choreta que hay. Alumbro con honestidad la fuente de mi lenguaje: Sabana de la Mar, Santo Domingo, Río Piedras. Y como la latitud o nacionalidad del hablante no me infunde prejuicio de clase alguna, no desprecio las voces colombianas, españolas, británicas, salvadoreñas, estadounidenses que han nutrido mi oído. Me divierte mucho la jovialidad y la agudeza del humor acogedor de la ruralía de Virginia, y de la de Maryland, los dos estados estadounidenses que mejor conozco.
Desde luego, no abrigo la menor duda de que la enfermedad literaria la contraje en mi pueblo natal. Las chicas de mi pueblo se pasaban de patio en patio mensajes tan crípticos que los varones nunca lográbamos descifrar. Y mira que cuando empezábamos a enamorarnos hubiéramos querido descodificar su jerigonza sólo por saber si se referían a nosotros: “No lo quiero por aparato rocochoso que es”, imaginábamos que decían. Nos asistía un interés del puro coñazo por romper aquel apretado código de guerra que como las irrepetibles jitanjáforas que para parodiar el estilo culterano realizaron Quevedo y Lope de Vega, y en fecha más reciente José Manuel Marroquín y Vicente Huidobro, rendían con fruición culto pagano a la ininteligibilidad total. Iban mucho más allá de la farandolina en la lejantaña de la montaña, más lejos aún del horimento bajo el firmazonte. Que se me raiga un cayo si les miento. Supe entonces que quería ser escritor para poner en limpio aquel berenjenal de patio que me dejaba sin piedad en la más absoluta inopia amorosa.
¿El mundo macondiano, dices? El mundo Caribe de Gabriel García Márquez llevado hasta su linde última por una pluma irrepetible, de impecable elegancia, de incomparable creatividad.
¿De qué manera pendula García Márquez en mi creación? Me disculpo de entrada por el remilgo semántico: más familiarizado yo con la función adjetiva de pendular, preferiría el infinitivo gravitar. Y el remilgo se mantiene en el campo de la semántica: si la Tierra gravita en torno al Sol, es mi modesta creación la que gravita en torno al astro rey colombiano. Pero si un escritor tuviera la casquivana pretensión de parecerse a García Márquez, a Cervantes, a Homero para empezar tendríamos una obra terrible, de difícil lectura y peor comprensión. El lector aguzado advertiría en el acto que hicotea no crece porque concha no la deja. Lo que sí puede hacer el escritor agradecido es rendirle culto sincero a esos maestros imperecederos de la literatura. Tiene que leerlos, admirarlos, respetarlos y en cierta o gran medida olvidarse de ellos a la hora de escribir su propia experiencia. Imagínate, Miguel Ángel, a un segundo Cervanticos, a un segundo Homerito, a un segundo Garcíamarquito. Ay, qué desagradable. Qué horrible pedantería. La parte más ingrata y dura del oficio de escritor es el parricidio. Si quieres un indicio palpable piensa en cuánto trabajo le costaría a un hijo biológico de García Márquez ser un buen escritor.
El escritor tiene que matar a sus ídolos, o de lo contrario lo matan ellos a él. Es un duelo descarnado cuya cruel ferocidad solo puede compararse a la reciprocidad literaria que la posteridad pueda otorgarle al gladiador que la vida arriesga en empresa tan temeraria y mal retribuida. Pero ojo: matarlo solo de manera hipotética frente al papel en blanco, o para actualizar la imagen, frente a la pantalla vacía del monitor de su computadora; pero reverenciarlo y venerarlo como maestro y guía. Partir de cero en pleno siglo XXI de la era que nos ocupa es una temeridad imperdonable y vana. Si me quitan a Cervantes, si me quitan a Juan Bosch, si me quitan a García Márquez, que nadie espere de mí una letra.
¿Es el mundo casi rural dominicano un pequeño Macondo?
—Bueno, lo que ocurre es que en Cien años de soledad García Márquez catapulta hasta los más altos almenares de la épica y de la lírica el acontecer caribe. Pero esa victoria total e indiscutible del genio colombiano ha hecho que algunos críticos pasen por alto que resultaría pleonástico hablar de un segundo Macondo caribe. Es que Macondo no cabría en ninguna otra región del mundo que no fuera el Caribe. Yo conservo una peliculita muda de 8 milímetros que rodé en Aracataca en noviembre de 1975. Al despedirnos ese mes de Juan Bosch frente al hotel Ávila en Caracas, él nos recomendó a Marta y a mí: “Si ustedes van a Colombia, por favor no dejen de visitar Aracataca, para que vean el lugar donde nació ese monstruo de la literatura”. Ya tengo por fin esa peliculita muda pasada a DVD. Pero el tema que importa es cómo llegamos a Macondo aquel noviembre. Al dejar el viejo autobús pintado a brocha gorda con los colores patrios entre las canaladuras de ambos lados, unos niños sobre un puentecito de madera basta subían con un cangilón de metal que pendía de una maroma deshilachada de cabuya blanca el agua del arroyo hasta los bidones que llevaban dentro de una destartalada carreta que iba sobre llantas de fierro oxidadas. Yo les ayudé mientras Marta me filmaba a subir el agua con la noria primitiva a cambio de que ellos nos llevaran a la casa de Úrsula Iguarán y de José Arcadio Buendía. Todavía en noviembre de 1975 estaba la vieja farmacia propiedad de la amiga de Luisa Santiaga, la madre de García Márquez.
Aquellos chiquillos alborozados con la ilusión de feria de mostrarnos la casa vieja y desvencijada y el tronco del árbol mutilado de amarrar a José Arcadio Buendía, eran los mismos niños desvalidos que yo había dejado hacía menos de dos años en la sabana de Sabana de la Mar. Aquella imagen de mostrador de bodega del camino del hijo de la amiga de Luisa Santiaga cansado de cámaras inoportunas y del tedio bobalicón del único Macondo posible, todo aquello me devolvía de golpe a mi realidad inédita. Aquella vaina tan verraca era lo que más me enverracaba de tan enverracadora verriondez. Era el Caribe colombiano, cogollo. Dejémonos pues de macondadas: era el único Caribe de la bolita del mundo. Desde luego, añádase pues la total universalidad del hombre. Justo el año pasado, en un mercado de Bangkok que se recoge los días de entresemana, y que se abre de viernes a domingo como los fuelles plegadizos de un enorme acordeón hasta ocupar 62 manzanas de casas de extensión, yo vi en persona a José Arcadio segundo tatuado sin piedad por legítimas gitanas orientales de pelo hirsuto y sexos amaestrados para ganarse la vida. Vi las pócimas de cocción dilatada y espesor de melaza capaces de devolverle la salud y la juventud a un Melquíades estragado por el escorbuto de Madagascar y la fiebre amarilla del sudeste asiático y perseguido de cerca por una muerte temerosa y selectiva que no se atrevía a asestarle el zarpazo final. Entendí con absoluta claridad en ese vasto mercado de la capital tailandesa, donde yo había ido como de vaina a comprar una blusa para mi mujer y camisetas para mis hijos, que Gabriel García Márquez no es otra cosa que el más agraciado y fértil cronista de Indias de todas las poéticas de los poetas mayores.
En cuanto al lenguaje, te regustan las expresiones que lo llevan a un sentido lúdico, ¿qué hay de parodia en tu manera de expresar la realidad dominicana?
—En honor a la verdad, desde el principio la crítica ha reparado en el sentido lúdico de Génesis si acaso. Yo vengo de un medio lúdico y de una familia muy lúdica. Tal vez convenga que aclare que en la acepción básica o fundamental del verbo jugar, sin relación de clase alguna con el juego de azar. Pienso en la alegría de relacionarnos con otros seres humanos. En el placer de hacer algo para divertirnos. A mi padre le gustaba mucho la gente. Se asombraba él con suma facilidad.
Con mi entrañable amigo Ramón Ruiz, a quien acabo de perder este abril, y con Mariano Reyna, otro amigo sensible a las emociones y con un gran sentido del humor, al escarbar nosotros en la memoria de mi padre mientras ejercíamos nuestra cotidianeidad laboral, fuimos a dar con lo que no dudé en calificar como un apotegma papasiano en honor a mi padre: “Inteligentísimo él, pero no tiene juicio ni para untarle a una gallina”. En ese apotegma, que en el fondo no lo es porque mi padre nunca buscó ni alcanzó la fama, queda resumida su perenne preocupación por lo bien hecho. Distinguía mi padre de manera empírica entre la inteligencia y el buen juicio. Se asombraba si alguien ataba tan mal el cabestro de un becerro al espeque de la empalizada que se soltara el becerro; pero también se asombraba si lo ataba tan bien que para soltarlo luego fuera menester cortar de un tajo el cabestro. Bueno, todo eso generaba una poética de lo lúdico en torno al absurdo. Nos divertíamos muchísimo al enmendar planas y al deshacer entuertos. Luego, había si se quiere una parodia de lo mal hecho.
En tus ensayos también haces referencias reiteradas a Cervantes, ¿de qué manera crees que sigue siendo vigente el autor de Don Quijote, qué deberíamos tener en cuenta hoy de su narrativa?
—Creo en la seriedad con que ese ciudadano español asumió su oficio de escritor. Creo que además de serio era un hiperestésico de lo bien dicho. En Génesis si acaso hay guiñadas dispersas al genio de Alcalá de Henares, pero no las identificaré porque ese es trabajo de los críticos y de los buenos lectores. Identifico un botón de muestra porque deseo hacer hincapié en la impar capacidad de síntesis de Cervantes: “El del palito le pidió al sin palito”, se dice en algún lugar de mi novela. Es el camino cervantino más corto para identificar a dos mozalbetes: uno armado de un palito y otro desafiante pero sin palito. Cuando tengo que sintetizar para evitar que se despierte el lector que según García Márquez tenemos hipnotizado, me detengo, tomo aliento, le rezo un padrenuestro y dos avemarías a san Miguel de Cervantes Saavedra y luego me decido por guiñarle un ojo o por ignorarlo por completo, pero en ambos casos es una decisión cervantina en su esencia prístina y deliberada.
Me sonrío por cuenta de la ignorancia ajena cuando oigo que califican de cervantina una parrafada larga y enrevesada. Cervantes elabora con irrepetible humor y exquisita síntesis aquellas oraciones pletóricas de gracia pura. Los dominicanos hemos tenido en años recientes personajes públicos con un discurso largo y pesado que los ignorantes han denominado cervantino. Juan Bosch, con su inmejorable sentido pedagógico ponía el ejemplo de un ciudadano cubano que no decía café con leche, sino que se refería al perlino líquido de la consorte del toro mezclado con el néctar negro de los dioses blancos. Ese era un cubano de a pie, ése no era Miguel de Cervantes Saavedra. Al novelista más admirable de la humanidad nunca le sobraron adjetivos ni adverbios, como no fuera que la holgura adjetiva o adverbial fuera poética.
En la época de mi vida en que más alejandrinos he cazado en el texto de Don Quijote, Ramón Colombo, quien compartió de cerca y sobrellevó en Ciudad de México exilio con León Felipe, éste su exilio republicano y Ramón el suyo de catorcista dominicano, por poco me sorprende con la mano en la masa: “¿Eres consciente, Ángel, de que escribes en versos?” Suerte que me lo preguntó frente al vetusto edificio de la OEA en Washington, DC. Le cambié a Ramón el tema gradas arriba, y tan pronto él se marchó de la ciudad inicié ejercicios apresurados de descervantización por las razones arriba nunca antes explicadas. Esos ejercicios míos no disuadieron por completo a Ramón, lector perspicaz y agudo, y ya lueguito tomó un correo electrónico que yo le había escrito y valiéndose de las barras oblicuas que en castellano antiguo llaman forward slashes, lo dividió en versos.
Es imposible escribir en Santo Domingo, sin tener en cuenta a Juan Bosch, ¿en qué sentido tu obra se acerca o se aleja de ese maestro?
—Entre las cosas más difíciles de renunciar en la vida está la vocación literaria. Pero la abnegación y la generosidad de Juan Bosch están a salvo, y mucho más allá, de todo encomio. Yo me estremezco cuando me detengo a pensar en la figura política, literaria, humana de Juan Bosch. Qué maestro, qué compañero y qué amigo me obsequió la vida. Tanto así, que yo vine a cobrar conciencia plena del fenómeno que comporta la muerte humana en el lapso del último bienio del siglo pasado, pues entre el invierno de 1999 y el otoño de 2001 perdí a mi madre, a mi padre, a mi hermano mayor y a Juan Bosch. No niego que toda la vida me había pegado duro la muerte de mis seres queridos, pero para usar el giro propio del español dominicano, medio como que recapacitaba no empece mi dolor y me decía que en Sabana de la Mar tenía padre y madre y que en un segundo piso de la César Nicolás Penson tenía a Juan Bosch. Medio como que encontraba en la certeza de vida que me inspiraban esos seres queridos consuelo bastante para seguir adelante. Cuando los perdí a los cuatro sufrí un cataclismo espiritual. Entonces asumí de golpe la existencia de la muerte: “Coño, la vaina es conmigo”, me convencí. Soy mortal en toda la rotundidad del fenómeno desde el primero de noviembre de 2001, cuando la muerte de Juan Bosch cerró para mí ese bienio terrible que acabo de mencionar. Si huyo hoy de la ingratitud de tan desaforada manera como la he huido toda mi vida, debo admitir que los cuatro murieron en su lecho respectivo, y los cuatro de muerte natural. Todos menos mi hermano mayor que murió de solo 54 años habían cerrado lo que los deterministas llaman su ciclo biológico, y del cual nunca he sabido yo a qué edad se abrocha el último botón.
Cuento estas cosas porque me las preguntas. Contaré por primera vez por escrito esta anécdota que hasta hoy he mantenido en la oralidad del terremoto que significó para mí. Ocurrió en el primer lustro de los años setenta antes que se fundara el PLD. En el suplemento cultural Aquí del periódico La Noticia se había publicado un cuento mío. Llamó la atención de Juan Bosch y quiso que habláramos del cuento. Sedentes ambos en sendas mecedoras me pareció luego de media hora que abusaba yo de su valiosísimo tiempo. Intenté pararme y Juan Bosch me contuvo. Lo intenté lueguito una segunda vez y me contuvo de nuevo. La tercera vez me dijo algo de lo cual no he olvidado una letra ni una coma, como saber que Dios pintó a perico y que Juan Bosch me marcó para toda la vida: “Mira”, aseveró, “si tú y yo hubiéramos nacido en una tribu del Brasil no estaríamos comunicándonos en este idioma; de modo que hasta la lengua que hablamos es un bien social, y el que no transmite lo que sabe es un malvado”.
En enero de 1988, cuando tuvo en sus manos las primeras cuartillas de Génesis si acaso, me hizo una confesión tan generosa que por pudor me la salto, pero no me salto que sé que la política dominicana le robó en la persona de Juan Bosch a la literatura mundial una pluma llamada a pertenecer al selecto grupo de las imprescindibles para ser culto. Se trata de un crimen literario con justificación política. Dicho en estricto sentido literario: entre todos lo matamos, y él solito se murió. Debo reiterar sin embargo que también dejó un legado literario, pero trunco dado el hecho de que murió nonagenario y era capaz de poetizar el amplio mundo que lo circundaba. Diómedes Núñez Polanco me contó que en un hotel de Chicago, una noche de lluvia y vientos, a doña Carmen se le extravió la mirada en el botones de uniforme negrirojo que medio mojado se movía desde el alero contiguo al vestíbulo del hotel: “A esa gente le dedicó Juan su vida”, aseveró enternecida doña Carmen mientras se compadecía del botones de hotel.
La crítica literaria ha planteado que tú novela es una de las mejores escrita en los últimos años en Santo Domingo, sin embargo, Di Pietro ve que hay una caída rítmica luego de la muerte de Fósforo y el tránsito de Evelina a Puerto Rico, ¿qué te parecen esas afirmaciones?
—Tengo para ser sincero que admitir que no ha llegado a mis manos el texto de Di Pietro. Mi primer deber es leerlo porque Giovanni Di Pietro es un hombre consagrado a su trabajo. Pero tampoco lo leeré para contradecir sus juicios. Mi trabajo era escribir la novela. Los críticos cumplen una función vital; y dígase que Di Pietro es además un creador, y un catedrático de literatura egresado de una de las universidades más prestigiosas de Canadá. El mismo derecho que tuve yo a escribir la novela, lo tiene él al ejercicio de su noble oficio de crítico. Es un profesional culto y serio, aunque diga cosas de las cuales tal vez yo disienta.
¿Quisiste escribir una novela de la emigración dominicana a Puerto Rico o significarse ese tránsito que también conocías?
—En sentido lato podría verse así, pero en el fondo no lo es. O por lo menos no que sepa yo. No era mi intención cuando empecé a escribir la novela. Sucedió que en pleno proceso creativo, al morirse Fósforo, yo me di cuenta de que Evelina tenía que marcharse de Sabana de la Mar y que debido a su extracción social, pero sobre todo debido a la mala relación de ella con su madre biológica y con su padre putativo, tenía que ser en yola y tenía que ser hacia Puerto Rico. Desde luego, para bien o para mal me encontré de repente con que yo también había sido un inmigrante dominicano en Puerto Rico. No tenía pues que inventar los lugares ni los nombres ni la música ni la comida. Todo era parte de mi experiencia vital. Es ahí donde podría volverse una novela de la inmigración, y no sé si ese cambio rítmico que me dices observa Di Pietro tenga algo que ver con esa realidad. Si fuera esa la situación a que alude Di Pietro, y te repito que no he leído su crítica, habría que admitir que estamos frente a un crítico muy agudo y aguzado, muy sensible al texto que analiza.
Ahora bien, Evelina estaba viva y no se había realizado como mujer cuando Fósforo se ahorcó. Tenía que marcharse del pueblo y yo barajé varios destinos, y hasta los insinúo en el texto, pero al final ninguno distinto de Puerto Rico materializa. Cuando su prima venida desde Nueva York cuestiona a la madre de Evelina acerca del destino de su hija, es la propia madre quien plantea que ya era cuestión de esperar: que si era rosa, olería; y que si era mierda, hedería. Evelina sigue viva. No encarnó una parusía porque nació hembra y la humanidad no ha dado hasta hoy mujer mesías alguna. Desde que se inició la lucha por la igualdad de los sexos no ha vuelto a nacer un mesías. Y aún si naciera hoy, los prospectos que hay todavía son varones: Yiye Ávila, Danny Berrios y otros varones de Dios; pero no hay hembras de Dios. Si hubiera alguna, me gustaría que fuera Wanda Rolón, una mujer tan verraca que tumba a un hombre de sólo tocarlo en nombre de Cristo.
De todos modos, tu pregunta específica versa acerca de si quise escribir una novela de la emigración dominicana hacia Puerto Rico o de la inmigración dominicana en Puerto Rico, que es lo mismo y sólo depende del país en que te sitúes. Entonces, visto el caso; comprobado el hecho; oída la acusación que formula la parte demandante; ponderada con el debido detenimiento la petición del señor fiscal; oídos los argumentos de la barra de la defensa, dicto como se lee a continuación: no, no fue mi intención. Sucedió que ese fenómeno socio-económico, que como todo hecho socio-económico tendrá en su momento consecuencias políticas, se atravesó en mi camino literario.
Tu obra se ha leído muy bien, sin embargo, como ocurre en la novelística dominicana, se ha quedado invisible para ciertas personas y determinados mercados, ¿a qué se debe esta situación?
—Sucede que sólo soy escritor, y sólo me preocupo por poner las tripas en lo que escribo. Cuando yo sea editor, te contaré.
¿Qué opinión te merece la situación de la producción literaria de los dominicanos radicados en el exterior?
—Un día mi cuñada extravió la mirada en un carro moderno, de esos cuya carrocería imita la de un carro antiguo, y comentó: “La nostalgia vende”. Cierto. Pero la nostalgia no sólo vende sino que también compra. Toda emigración estimula la nostalgia, y la literatura no es mal destino para los nostálgicos de este mundo. Cuando voy a Nueva York me sorprenden los poetas y los narradores que llaman de la diáspora. Muchos de ellos se inclinan en las universidades por las ciencias sociales, y me parece bien porque qué carajo, de dónde coño ha de salir la literatura si no es de las entrañas del pueblo. Además, con buena razón no hay una facultad de poesía en ninguna universidad del mundo. Hasta en las ciencias económicas se refugian algunos. Tampoco me extraña. Cuando Marta y yo salíamos hacia Venezuela en ese viaje del año ’75 que he mencionado, Manuel Maldonado-Denis nos escribió de su puño y letra las señas caraqueñas de 3 amigos de él con quienes quería que intercambiáramos saludos y opiniones. Al escribir Manolo el tercer nombre reflexionó: “Fíjate, Ángel, qué locura, Venezuela se está volviendo loca: los tres son poetas, y los tres son economistas”.
Qué bonito sería si pudiéramos hacer algo para que los poetas de la inmigración fueran sólo poetas. La poesía es más bonita pero más débil que las ciencias. No se oponen. Bien visto el punto, se complementan. Pero si plantas en el mismo macetero ciencia y poesía, es muy probable que la ciencia se trague a la poesía. En circunstancias adversas en ese sentido, hay sin embargo plumas jóvenes y prometedoras que empujadas por la nostalgia le cantan a su país de origen; pero le cantan además, como es natural, al país que habitan. ¿Qué hacen plumas ya consagradas como las de Junot Díaz, Julia Álvarez y otras? Pues eso mismo: cantan como pueden, en la lengua que pueden, y con el sudor de su frente ganan cada día nuevos lectores.
¿Crees que la crítica literaria dominicana está ayudando a explicar y comprender la literatura que se realiza en Santo Domingo?
—Hay sin duda un esfuerzo de parte de gente que entiende la importancia de la crítica literaria. En ésas hay gente joven, y gente ya más madura. Sin embargo, noto que hay todavía mucha incomprensión acerca de la función de la crítica. Digamos para hacer un símil que la crítica es a la literatura lo que el diagnóstico es a un paciente. Si como paciente uno no se ofende cuando el médico le dice que tiene tal o cual quebranto, por qué sería que se ofende como escritor cuando el crítico le dice que tiene el colesterol alto, que vigile los triglicéridos. A veces el crítico es muy duro, pero el médico también suele serlo porque mira que decirle a un paciente: “Haga rápido lo que vaya a hacer, pues sólo le quedan seis meses de vida”. Eso la jode, no me digas que no; pero ningún paciente sale del consultorio a desacreditar al médico porque se lo dijo. Si el médico yerra el diagnóstico pierde prestigio, como lo pierde el crítico que le haya dicho a Machado, a Cortázar o a Chejov: “Dedíquese a otra cosa, porque usted no es escritor”. Lo sobrecogedor y lo ingrato de ambos oficios es que tanto el crítico como el médico no siempre diagnostican enfermedades curables.
Desde luego, yo podría ser demagogo y decirte que la crítica literaria dominicana está en su mejor momento, porque claro, los que me van a juzgar son los críticos de hoy, los que están vivos. Para los críticos muertos yo soy el mejor escritor del mundo. Pero no me luciría ese acto de deshonestidad porque recuerdo gente como Avilés Blonda, como Abelardo Vicioso, como Virgilio Díaz Grullón y varios más. Gente que producía y ayudaba a producir. Tal vez no fueran críticos en propiedad, pero eran voces muy respetadas. Como respetados eran desde luego auténticos creadores de la talla de Pedro Mir, Aída Cartagena Portalatín, Manuel Del Cabral, Franklin Mieses Burgos, Freddy Gastón Arce, Domingo Moreno Jimenes, entre varios otros. En la actualidad nosotros tenemos talentos que equivalen a los que hemos perdido. La humanidad pare, aunque parezca que por momentos se amachorre.
Yo no creo que el actual sea el mejor ni el peor momento de nuestra crítica literaria. Yo creo que vamos ahí, a tono con la producción literaria: dos de pan, una de queso; dos de queso, una de pan. Y nos ayuda la crítica a comprender nuestra producción, en la medida en que nosotros seamos capaces de producir. ¿Has visto que ningún médico abre su consultorio en la Sabana del Guabatico?
¿Cómo ves la difusión de la literatura dominicana en el extranjero?
—Juan Bosch siempre me decía que nosotros teníamos impresores, pero no editores, y para la difusión literaria se requiere el concurso de esmerados editores. De todos modos, alguien ha dicho que en la actualidad no asistimos a una época de cambios, sino a un cambio de época. Pienso que se refiere a la abarcadora y radical revolución de la cibernética y del genoma humano. Veremos cuando acabemos de aterrizar en la nueva época cómo ha de ser el asunto de la difusión literaria. Y no lo digo desde una postura acrítica, pues yo me encuentro inmerso en la parte que le corresponde a un narrador. Lo narrado no me lo quita nadie. Que luchen los verdaderos editores por lo difundido.
¿Crees que en la actualidad existe una narrativa dominicana que compita con la que se realiza en otros países de Hispanoamérica?
—Yo siempre temo personalizar las respuestas a preguntas que tienen una proyección colectiva. Creo que los países con una población y con un grado de desarrollo de sus fuerzas productivas similares a los de República Dominicana, tienen problemas de difusión literaria similares a los nuestros. Muy mal, pero para qué te digo que no si sí. Convendría sin duda una política de Estado tendente a promover nuestros valores culturales. Entre los millones de turistas que nos visitan cada año, hay un número alto que tienen a la española como su lengua materna. Seguro que un número significativo de esos turistas optaría por un libro como presente para un ser querido o para sí mismo. ¿Podría ese turista de lengua española adquirir un libro dominicano en uno de los recintos turísticos que llaman todo-incluido? Tal vez sí, porque en verdad yo no he hecho turismo en esos recintos. No quiero pecar de ignorante.
Para ti, ¿cuál es el destino del libro en estos tiempos de euforia tecnológica?
—La nueva época que nace no favorece a las librerías, que en realidad eran la clientela de los editores clásicos. Se abren a diario nuevos canales de difusión del libro. No desaparecerá la literatura, sino al revés: le irá mejor. Como mejor le ha ido a las carreteras con la invención de la motoniveladora, del rodillo mecánico y de las máquinas comesolas. El axioma resulta pleonástico: a mayor tecnología, mayor progreso. Un solo hombre con una motoniveladora de hoy, hace el trabajo que en 1930 hacían mil hombres. ¿Tenemos menos y peores carreteras? No. Tenemos más y mejores.
Siendo en mi pueblo Próspero hijo adoptivo de Pito y de Jovina, lo que poco le importa a un sabanalamarino le da tres pitos, Próspero cuatro y Jovina cinco. Eso me da a mí el temor de que el libro físico desaparezca: tres pitos, Próspero cuatro y Jovina cinco. Bastante me jodí en la guerra fría con un montón de cajas de libros a cuesta, si ahora me los meten todos en la virtualidad de Google o en un pequeño adminículo que me cabe en el bolsillito de la pretina y que en castellano antiguo se llama jump-drive, me siento resarcido de tanto trabajo. En Londres cargaba yo mis libros en los años setenta en un carrito de tracción muscular, y durante la quinta de las seis mudanzas que tuvimos que sufrir en el lapso de dos años y medio se zafó una ruedita trasera del carrito de metal y se fueron al carajo los benditos libros cuesta abajo. Alabados sean nuestros descendientes que cargarán sus libros en el bolsillito de la pretina. Miguel Ángel, aquel mundo era una verdadera coña. Coincido con Guillén: “Todo tiempo pasado fue peor”.
ÁNGEL GARRIDO, BÁSICO
Ángel Garrido (1949) nació en Sabana de la Mar, República Dominicana. Concluyó el bachillerato, cuyo último año con mención en ciencias físicas y matemáticas cursa en el Liceo Dominicano de Santo Domingo. Fue admitido para iniciar la carrera de arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, desde la cual pasa a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde cursó primero año en el Colegio Universitario. Ya compinche literario hasta siempre de León David, para entonces Juan José Jimenes Sabater, se matricula en la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades. Conoce en persona a Juan Bosch y el 18 de noviembre de 1973 se involucra en la fundación del PLD.
En mayo de 1974, se traslada a Río Piedras, Puerto Rico, donde ha vivido dos períodos que sumados dan 6 años. Trabajó como corrector de pruebas y traductor. Desde entonces ha vivido en Londres; NYC, y en Alexandria, Virginia. También ha sido diplomático… Promete añadirle un tercer párrafo a su biografía tan pronto le suceda algo más digno de mención. Autor de la novela Génesis si acaso, premio de novela Manuel de Jesús Galván. | maf, cagua, pr trabajosparafornerin@gmail.com

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