domingo, 24 de enero de 2016

Ayer un infarto mató a un hombre

Miércoles  20 de enero  2016 

Por Ángel Garrido
Se llamaba Hamlet Hermann. Tenía la frente despejada y una pequeña contracción espasmódica de los músculos extrínsecos del globo ocular izquierdo que las chicas mejor pensadas confundían a menudo con una guiñada de amor. Y lo era, si de amor se trataba. A las 12:48 de la sobremesa me llamó desde Santo Domingo mi prima Esther Iturbides.

Marcó de nuevo mi número a las 12:49 y tampoco alcancé a contestarle a tiempo. A las 12:51 cuando reciproqué su llamada presentí por los decibelios escasos de su voz y por el aura triste de sus pocas palabras que tenía ella una mala noticia que darme: “Se trata de un tuiter, pero al leerlo he pensado mucho en ti: dice que ha muerto Hamlet Hermann de un infarto al corazón. Manejaba su vehículo cuando sufrió el ataque. Son las mismas circunstancias en que murió nuestro hermano el 20 de octubre de 2012”, y se acentuó de nuevo el dejo quejumbroso de mi prima al otro lado del auricular inalámbrico. 


Cuando muere a la distancia un amigo no hay por lo general  mejor contacto que otro amigo común: “¿Adónde estaría Luis Scheker a esta hora?”, pensé antes de oprimir la tecla que había de activar  los 10 dígitos de su teléfono móvil. Era la pregunta retórica mejor contestada del mundo: adónde estaría Luis que no fuera en la morgue junto al cadáver del amigo recién fallecido:

—Sí, Ángel: por éstas pasamos. Se nos acaba de ir Hamlet—me dijo una voz muy triste pero dispuesta a robarle a los trámites de funeraria los minutos que yo necesitara.

No logro evitarlo nunca: el amigo que en circunstancias difíciles me trata con la cortesía de quien pasea en sus mejores momentos me mete sin quererlo espuelas en los ijares para que acabe pronto. Fue un diálogo tan fugaz que cuando por una travesura cibernética perdimos la señal ya creía yo haberle dicho a Luis lo indispensable, y él extendió su cortesía hasta una segunda llamada que materializó en mensaje oral grabado en mi casetera: “Disculpa la involuntaria interrupción. Pasaré tu pésame a la familia”, concluyó.

Acababa de morir el soldado civil que en la madurez de su juventud anduvo medio Europa con el importe a cuesta del último barco en el cual navegaron hacia suelo patrio el expresidente Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de armas. No se perdió un solo centavo de aquel dinero sagrado ni cometió error alguno que lo condujera al fracaso: “Cuando llegaba al vestíbulo de un hotel europeo tiraba en un rincón la mochila con todo y dinero y la vigilaba sólo con el rabito del ojo. Yo sabía que un apego inusual a la mochila llamaría la atención de cualquier espía”, me contó un día. Lo que hizo antes y después doblaba con creces aquella proeza inusual. Pero ella sola sería motivo bastante para justificar el juicio oral de Víctor Tirado: “Después de eso, si se bajara en la Catedral los pantalones en medio de un tedeum y defecara en el pasillo central, igual le mantendría mi admiración y mi respeto”, me comentó Víctor un día sin la emoción que nunca norma en él ese tipo de juicios. 

Jamás separó Hamlet al revolucionario inquieto del maestro paciente que dentro llevaba: “Nunca reboces el tanque de la gasolina hasta el conducto que da al tapón: tienes que dejarle el espacio necesario para que respire el combustible”, me indicaba. Cuando le dije el precio de mi carro y el año en que lo había comprado, tradujo en su mente portentosa el precio a centavos y lo dividió en el acto por los días que en mi poder tenía el vehículo: “Te sale en 58 centavos cada día que de uso le has dado”, me dijo:

—Sí, Alférez; pero eso sería sin contar reparaciones y combustibles —le aclaré.
— ¡Ah, desde luego! Pero ése sería otro cálculo que no podría hacerte sin recibos a la vista.

También sabía Hamlet el espacio que de la copa necesitaba el vino para oxigenarse: “¿Ves esas rayitas verticales alrededor de la copa? Pues no están de lujo: te delimitan el nivel hasta el cual has de llenarla”. Me explicaba en ocasiones por qué no se había caído el viejo puente que cruzábamos: “Porque descansa sobre arcos: la estructura perfecta”. O corregía una imprecisión semántica del compañero que se disculpaba por una ausencia:

—Por lo que cuentas: el motor de tu carro no se quemó, sino que se fundió. 

La única vez que disentí por escrito con Hamlet fue a propósito de la nota al calce número 21 de su libro El eslabón perdido en la cual se refería al “conservador Juan Bosch”. Cuando leyó mi artículo se sonrió y me quiso agarrar por un remilgo semántico de los suyos: “¿Científico, cómo sabe usted que este será mi último libro?”. Lo llevé de la mano a la cuarta acepción que acerca del adjetivo último consigna en su diccionario la RAE. Se sonrió de nuevo, y desde entonces y hasta siempre creció cada día nuestra fraternal amistad.
Nota al calce:


Adjunto al presente correo-e como archivo anexo mi artículo El eslabón hallado en respuesta al libro El eslabón perdido de mi amigo Hamlet Hermann, por si alguien desea leerlo. Ayer fue una crítica constructiva. Hoy es un homenaje póstumo al héroe nacional que le dio pie. 

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