CRONICA DE MI NOSTALGIA : UN PASEO POR LA BARCELONA QUE AME
Escrito por Ana Luisa Pezzotti - Annie- en el 2015-
Normalmente inauguro y disfruto etapas y con la misma alegrÃa las clausuro. Pero hoy no lo he podido evitar: Me
levanté con Barcelona atravesada entre pecho y espalda. Y es que de todas mis residencias -largas o furtivas-, a lo largo de ya casi 25 años, Barcelona se me dibuja en el consciente tan profusa e imponente como un inmenso fresco de Miguel Angel. Vivir en Nueva York, Toronto o Madrid, me maravilló. Como ciudadana del mundo, otros rincones del Planeta acogieron generosamente mi espÃritu nómada agradecido. Pero Barcelona, literalmente, me embrujó. Debe haber sido eso, alguna suerte de encantamiento adictivo del que uno no se puede liberar fácilmente, asà que tengo que admitir que todavÃa, a un año de haberla dejado atrás, a veces se me entra el gusanito molestoso de la nostalgia.
Vanessa RodrÃguez Messina y Annie Pezzotti (la autora) en Barcelona |
Mis mañanas laborales transcurrÃan felizmente entre fogones, enormes paelleras y llamaradas seductoras. Mi cabeza fantaseaba, mis manos respondÃan y los fuegos concluÃan. De esa simbiosis amigable y respetuosa surgÃan los aromas y los sabores de la gloria: Fuego, agua, tierra y mar entrelazados por la salvia, el romero y el laurel, matizados por lo dulce o lo salado, confortados por el calor o el frÃo, en armonÃa perfecta con el paladar.
Vanessa y Annie en Las Ramblas |
En esas tardes el ocio era obligatorio. Caminaba sin rumbo, entraba allÃ, me sentaba allá. Callejuelas, tiendecitas, artesanos, GaudÃ, una visita furtiva a Santa MarÃa del Mar -la misma “Catedral del Mar” que inmortalizó Falcones- para dejarme abrazar por el silencio y por la majestuosidad de sus columnas y vitrales ancestrales. Y terminar la tarde en alguna tienda anónima de libros de segunda mano, hurgando entre la polilla y esos tesoros manchados y eternos.
Y los sábados, esos benditos sábados, eran gloriosos. El debate interior se hacÃa presente a la hora de decidir entre tomar un tren de CercanÃas en dirección Sur a lo largo de la costa mediterránea hasta llegar a Sitges, o continuar mi
rodaje hacia Vilanova o Tarragona, donde siempre me esperaban caras amigas. O apuntar hacia el Norte, mochila y botella de agua en mano, y bordear la Costa Brava hasta llegar a Saint Feliu de Guixols para perderme en una de las playas más hermosas y de aguas más cristalinas -y frÃas- que haya conocido, donde los acantilados sustituyen los cocoteros y el enorme manto de perfectas piedrecitas no te da la oportunidad de extrañar la arena blanca. O seguir un poco más arriba, casi rozando la frontera francesa, hasta el pintoresco pueblo de Roses, recorridos todos que solÃan costarme, ida y vuelta, más o menos 10 euros.
Annie en el puerto de Barcelona |
Pero generalmente me decidÃa por dormir toda la mañana del sábado hasta que me despertaba la algarabÃa lejana de alguna celebración callejera, sin el estrés que hubiera podido implicar la posible falta de luz o de agua, tan sólo con la agradable tarea pendiente de abastecer mi despensa y mi nevera, lo que se convertÃa para mi en un verdadero placer.
Luego de un desayuno sustancioso, solÃa salir esos sábados cerca del medio dÃa, carrito en mano, con la absoluta certeza de que a nadie le iba a importar ni un carajo mi indumentaria, mi tururú o mis chancletas gastadas. Deambulaba plácidamente por las dos cuadras a la redonda de mi casa donde me apertrechaba de absolutamente todo lo que necesitaba en menos de 90 minutos, sin tener que manejar ni mucho menos temer por la posible inminencia de un atraco.
Los bajos de mi edificio hacÃan gala de sus inquilinos, entre otros: Una antigua bodega de vinos artesanos y un herbolario de productos ecológicos. Cruzando la calle peatonal, encontraba el estanco, el quiosco de revistas y periódicos, la marisquerÃa de Esther, dos supermercados, varias fruterÃas y la xarcuterÃa del Jordi, un setentón medio sordo defensor a capa y espada de su historia y de su idioma , al que habÃa que hablarle en catalán so riesgo de tener uno que soportar una charla completa acerca de la trascendencia del Catalanismo.
Bajando una cuadra hacia la Avenida Paralel, desde donde se podÃa vislumbrar la nueva y ya famosa taperÃa de Ferrand Adriá, hacÃa mi visita obligada al colmado de Abdul y Jhamal, dos hermanos inmigrantes paquistanÃes amorosos y dulces como la Baklava artesana que producÃan. Un buen dÃa, tiempo atrás, habÃa entrado a esa pequeña tienda y Abdul me habÃa salido al paso con una gran sonrisa y un cartapacio de papeles en la mano: “Amiga mÃa” -me dijo en su castellano machacado- “he conseguido un suplidor de productos latinos, revisa la lista y dime lo que quieres, que te lo puedo traer”. A partir de entonces, ahà pude conseguir la mejor yuca de la bolita del mundo, enormes plátanos verdes y amarillos, mapueyes, guayabas, queso blanco de freir, cilantro ancho, hojas de plátano, guandules con coco y otros manjares tropicales.
Siguiendo mi recorrido sabatino, me topaba con no menos de tres docenas de bares con sus respectivas terrazas, pequeñas tiendas de todo tipo, la farmacia, la maravillosa panaderÃa de Lupe -una andaluza alegre de brazos fornidos de tanto amasar-, además de dos ferreterÃas y una exclusiva carnicerÃa de aves, cuya oferta del dÃa normalmente incluÃa faisanes, patos salvajes y codornices. Desembocaba en la calle Calabria, una de mis preferidas, y allà estaba ella, compartiendo los bajos del número 14: La Desa del Bosc, un espacio Ãntimo y cálido donde solÃan sorprenderme hadas y gnomos o podÃa montar a galope sobre el unicornio azul de Silvio entre aromas, pociones y unturas.
Un poco más lejos, a no más de tres esquinas, el Mercado de Sant Antoni, la joya del vecindario. A ese imponente santuario culinario de casi tres siglos de existencia, iba yo a parar a la hora de comprar los mariscos más frescos, las butifarras y chistorras recién hechas y las mejores cerezas negras, robellones e higos frescos. Por supuesto que ocasionalmente extendÃa mi caminata unas diez o doce cuadras hasta el espectacular Mercado de la BoquerÃa, uno de los diez más famosos del mundo y cuyo techo alberga a cuatro de los diez mejores lugares para comer en la ciudad. Terminada mi misión de acopio alimentario, ubicaba de vuelta a casa alguna terraza soleada y me sentaba frente a un buen café a liar ceremoniosamente un American Spirit, con el absoluto y único propósito de observar las palomas, escuchar el sonido lejano de algún acordeón perdido y esbozar una sonrisa espontánea y feliz.
El resto de la tarde y toda la noche era todo un abanico virgen de opciones: Lectura pendiente? Una buena pelÃcula o exposición de fotografÃa en El Raval? Una cena temprana frente a la playa o en la terraza del Museo Dalà con vista a la emblemática Portal del Angel? Un concierto de jazz en el Puerto o, por veinteava vez, el espectáculo de la Fuente Mágica en Montjuic, donde era seguro sentir la presencia de los ángeles? O simplemente dejarme seducir por alguna voz amiga, por un “quedamos en La Rambla a las 8”?
Las noches de Barcelona, además de impredecibles, son largas y sustanciosas. El centro de la ciudad es literalmente un puño, recorrerlo a pie es un placer que propicia entrar y salir de numerosos lugares en una misma noche. Además de que, luego de esas tradicionales e innegociables siestas vespertinas, todos se levantan frescos como lechugas.
Prácticamente en minutos, y como por arte de magia, el bullicio nocturno sustituye al diurno sin disminuir en absoluto la algarabÃa que arropa calles, plazas, vÃas y callejones. La oferta cultural, artÃstica y gastronómica es tan amplia y cambiante, que no serÃa posible, ni siquiera en años, ponerse al dÃa con la diversidad de opciones para todos los gustos. Descubrir por mà misma -y no por las numerosas guÃas de ocio- ese calidoscopio de posibilidades, era una constante aventura.
Las tradiciones catalanas, respetadas y cumplidas a rajatabla, son celebraciones memorables. La espectacular Noche de San Juan, “donde comparten su pan, su tortilla y su gabán gente de cien mil raleas”, con sus miles de fogatas repartidas por toda la ciudad abarrotada de gente, termina obligatoriamente al dÃa siguiente, a pleno sol, frente al Mediterráneo. El otoño se inpregna del olor a castañas y del dulce del boniato, mientras que la tradicional Rosca de Reyes, acompañada de Cava, es una ocasión imperdible.
Pero quizás lo que más me gustaba era, simplemente, caminar en buena compañÃa sin prisa y sin rumbo por los milenarios callejones de El Borne o del Gótico, mezclándome con el tumulto y dejándome envolver por multitud de imágenes, olores, sonidos y sensaciones, entrar aquÃ, entrar allá, copita aquà y copita también allá, aprovechando a mi paso galerÃas y exposiciones, deteniéndome de vez en cuando en cualquier plaza para disfrutar la entrega de algún pintor, poeta o músico callejero. Y ya entrada la madrugada, luego de haber intentado en más de una ocasión interceptar algún taxi disponible -casi imposible a esas alturas- preferir no tomar el metro y regresar a casa caminando por las calles todavÃa repletas de gente de todos los colores, edades y nacionalidades, sintiendo la brisa fresca del verano o reconfortandome del frÃo bajo un abrigo, totalmente confiada en que nada malo me podÃa suceder.
Esa es la Barcelona que amé, la que siempre ocupará un lugar privilegiado en mi memoria y la que hoy se me ha atravesado entre pecho y espalda. Hoy no he podido ganarle la batalla a la nostalgia, pero seguro que ya se me pasará y que de nuevo sólo quedará el entrañable recuerdo de otro capÃtulo felizmente cerrado.
Escrito por Ana Luisa Pezzotti - Annie-
Otros enlaces de El Buquicito:
... LOS CHICOS MALOS VEGANOS ...
... LA VEGA EN TIEMPO DE RETRETAS ...
... IN MEMORIAM DE CUQUI CORDOVA
Escrito por Ana Luisa Pezzotti - Annie-
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